
Los historiadores vivimos en busca de un pasado verosímil, a través de un método con resultados que son aceptados por una comunidad científica. Algunos diran que hacemos literatura, pero primero habría que ver que es ciencia.
Por otro lado en el pasado la historia no se veía así. Era un lago de sabiduría del que sacar la experiencia pasada, analizarla y aprender de ella. Por ello tenía un fuerte nivel moralizante, y poco importaba que los hechos en si estuvieran plagados de falsedades, si de ellos se podía sacar un mensaje. Claro, nosotros vivimos una época heredera del escepticismo del XVIII y el ansia por la prueba documental del XIX. En esos dos siglos la historia cambio. Y sin embargo este afán por saber la verdad realmente vino de mucho atrás. Ya en el siglo XVI los progresos en la filología se dieron en un deseo por analizar los clásicos y desenmascarar grandes fraudes de los que la Edad Media se había servido (no creo que sea aquí necesario hablar de Valla y la donación de Constantino). La reforma de Lutero se valió de la incipiente crítica de muchos de ellos, y la propia Contrarreforma vió necesario una depuración de viejas tradiciones ahora vistas como supersticiones. Desde Flandes los jesuitas se especializaron en analizar la veracidad e historicidad de santos, conociéndose como los bolandistas. Pero la época de la lucha confesional (los protestantes hacian lo propio en Mecklenburgo) este análisis crítico que pudiera poner los dogmas en peligro estaba limitado.
En una sociedad católica cuyos pilares culturales eran las sagradas escrituras y los clásicos estos últimos no iban a quedar fuera de este análisis. Se hicieron estudios y cientos de traducciones de obras griegas y latinas, pero sin duda quien más llevo adelante sus inquietudes fue el jesuita Jean Hardouin (1646-1729),conocido por su traducción de la Historia Natural de Plinio, pero no tanto por el revuelo de una obra suya “Prolegomena ad censuram veterum scriptorum”. En ella formulaba una teoría radicalmente escéptica: para él solo Homero y Heródoto como griegos, y Ciceron y algunas obras de Horacio, de Virgilio y su obra de Plinio eran clásicos auténticos. Toda la literatura restante eran falsificaciones hechas por benedictinos en el siglo XIII bajo la iniciativa de un tal Severus Archontius, quizá el propio emperador Federico II. Poco después le seguiría Daniel Papebroch, que argumentaba algo similar para todos los textos de época merovingia. La comunidad erudita se interesó entonces por sus ideas, unos a favor, otros en contra, y parece que la crítica de Mabillón (si, el fundador de la paleografía) acabó con el asunto, que paso al olvido, y es que ¿y si toda la historia fuera en realidad falsa?.
La crítica y la nueva historia de los dos siglos posteriores a este debate deberían haber concluido con cualquier duda de verosimilitud de las ideas de estos dos jesuitas. Deberían, pero no ocurrió así. Hardouin inspiró profundamente a un excéntrico , pero brillante matemático ruso en los años setenta, Anatoli Timoféyevich Fomenko quien se rodeo de un grupo que defiende su “Nueva Cronología”. En ella la historia se desprende totalmente de épocas oscuras y del pasado antiguo: todo hecho es posterior al año 800 d.C. , y aquellos fehacientes ocurrieron en tiempos de la Edad Media desde el año 1000(para ello dice echar mano de la matemática). Por supuesto casí nadie acepta sus ideas, pero la anécdota queda ahí, junto a la duda: ¿y si lo que es no es verdad?